La hipocresía como deporte nacional

España es el país del buen vino y del buen comer, no hay duda. También es el país de la fiesta; es muchas y tantas cosas… Y es sin duda, también, el país de la hipocresía. Lo decía hace tiempo el tan denostado Sánchez Dragó, pero, como él, yo también lamento profundamente haber nacido español. En este caso, no es una cuestión meramente territorial. Catalunya tampoco se salva… Y así lo demuestra la polémica, llena de prejuicios morales y de hipocresía, que ha levantado la decisión del Ayuntamiento de Rasquera de producir cannabis (esa cosa que en partes de Oriente sustituye a la habitual cerveza occidental) con el objetivo no tan solo de «acabar con el mercado negro» y la derivada evasión fiscal asociada en toda la comarca, sino también para pagar la deuda acumulada del ayuntamiento.
Muchos de los que con el prisma de su moralidad cuestionan la decisión por su legalidad, saben que el problema no es ese. Vivimos en un país donde tomar un carajillo, un par de copas de vino y una cerveza al día no es tan raro (por mucho que me parezca una locura), y donde aquel que admite haber fumado ni que sea un porro en toda su vida es declarado casi delincuente. El alcohol, con tantas muertes provocadas en accidentes de tráfico, con un índice de adicción de 82 en una escala de 100, por detrás del tabaco, pero muy por delante del cannabis, está tan peligrosamente aceptado (ver: Usos y abusos, prejuicios y desafíos, de Antonio Escohotado)…
Pero, no es el único peligro. Oír a determinados legisladores en círculos íntimos hablar de la necesidad de (re)abrir el debate sobre la legalización de ciertas drogas o admitir que el consumo de un porro nada tiene que envidiar al de un cubata en cuanto a los riesgos que uno asume, y que luego, delante de un micrófono, juzguen a quien defiende plantar un campo de marihuana o admite haberla fumado…
[artículo original publicado en El Periódico de Catalunya]