Más pícaros fuera que dentro

Reivindicar la honestidad de la política no es un ejercicio novelesco; es más bien una necesidad descriptiva. Ni Camps, ni Chirac, ni aquel hombre que preside una Diputación o aquel alcalde que ha acabado en la cárcel deberían ser la imagen que uno tiene de todos sus representantes públicos. Efectivamente, los hay corruptos, los hay vagos, los hay poco inteligentes, feos e incluso guapos… Pero, ¿y en el resto de los sectores? ¿No son más corruptos determinados empresarios? “En un país donde cuando invitas a comer a alguien muchos te piden el tiquet para desgravar, algo falla”, me sugiere un amigo.

La picaresca, ya sea española, italiana, o del Mediterráneo, sobrevuela el subconsciente de muchos. Incluso el de los que la critican. Por ejemplo, ahí está ese hombre que en el bar dice “si yo pudiera, también metería la mano”. El camarero asiente y ríe. ¿Cómo? “En el fondo, todos tenemos nuestras cosillas”, dice otro ciudadano en un debate donde, precisamente, se critica que los políticos se enriquezcan. La ley debería ser muy estricta con aquellos que lo hagan y los partidos muy contundentes a la hora de sancionar sus conductas. Solo así, destacarían las miles de historias de honestidad en política.

Es el caso de una dirigente de una de las juventudes políticas de nuestro país. En las anteriores elecciones al Congreso le propusieron (otro día podríamos criticar, eso sí, el sistema de elección de nuestros representantes) formar parte de las listas de su partido. Hoy hubiera sido diputada y con cierto protagonismo. Con veintitantos años y un caramelo en la boca que le hubiera aportado una gran experiencia y la posibilidad de consolidar su trayectoria –sin un gran sueldo, aunque estable- ella lo rechazó. “Si quiero ser coherente con lo exigido por el 15M, todavía no puedo aceptarlo”, señalaba.

[artículo publicado en El Periódico de Catalunya]