De la necesidad de sentirse idiota

Nos acabábamos de sentar en uno de esos bares donde el café, ni de lejos, cuesta 80 céntimos. Habíamos intercambiado un par de correos electrónicos. A él lo conocía de sobras, todos los lectores de esta nota sabrían quién es. Él a mi… De pasada. Su tono de voz, entrañable, era el propio de ese tipo de ancianos que siempre sonríen con sinceridad; aquellos que dan gracias a la vida con cada pequeño gesto. Ahora dedica su tiempo, como aquél que dice, a meditar… Pero años atrás había sido uno de los hombres más influyentes de este país.

Dedico mi tiempo a leer… Así que no suelo quedar con mucha gente joven. Muchos estudiantes se ponen en contacto conmigo, pero no tengo tiempo. Aún así, me ha llamado la atención tu correo…

Tenía dos opciones. O crecerme; o ser consciente de que esos minutos eran un regalo que no sabía cómo podría agradecer. Pasado el tiempo no tengo ni si quiera la opción de escoger; fue un regalo.

Pero, bien, antes de empezar… Dime los cinco libros que más te han marcado como persona.

No iba a hacer el ridículo que acaba de hacer Peña Nieto en México, al no saber decir ni el título de tres, y aunque no esperaba la pregunta, repasaba por dentro cuáles podrían ser. O cuáles podría decir. Nunca he tenido un color, una canción, un día de la semana, un número, una asignatura, un profesor, un libro… Con uno no hay suficiente. Y el que más me gusta, ni si quiera ha cambiado nada en mi vida. Simplemente, me entretuvo… Mucho.

Bueno, mejor, antes de que me los digas… ¿Conoces la obra de…?

Empezó a preguntar… Y de una lista de algo así como diez autores, no excesivamente populares, sólo podía reconocer a tres. ¡Cuánto me quedaba (y queda) por leer! ¡Qué idiota me sentí! ¡Qué ridículo acababa de hacer! ¡Este hombre me había dedicado un rato porque pensaba que iba a descubrir algo diferente y se quedó con las ganas! Pero… En el fondo… ¡Qué estimulante fue! Se acabó el tiempo. Él ya había sacado sus propias conclusiones, aunque habíamos cambiado de conversación, pagó el desayuno y acabamos la mañana hablando de la diferencia entre el respeto y la tolerancia.

La provocación es un estímulo… Sentirse idiota puede ser, sobre todo si uno está más que convencido de que no lo es, casi una necesidad.  Aquél día me sentí idiota, sí, pero, por suerte, no fue el único. En un mundo donde hay tanto por aprender y, donde, por cierto, hay tantos dogmas, tener incertidumbres y sentirse idiota, a la vez que vulnerable, puede ser una de las experiencias más estimulantes. De hecho, si uno escribe más de lo que lee -si se miran los primeros meses de vida de este blog, hace cosa de cuatro años, el número de entradas era exponencialmente superior a las que escribo ahora- lejos de hacerte sentir idiota, lo que acaba pasando es que te conviertes en uno de ellos. Así que, supongo que, al final,depende de uno mismo… Y que el riesgo siempre está ahí.